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LA FLORA INTESTINAL Y LOS PROBIÓTICOS. No todas las bacterias son malas y perjudiciales.

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Cuando hablamos de flora intestinal nos referimos al conjunto de microorganismos (hongos, virus, parásitos y bacterias) que habitan y viven en el tracto gastrointestinal humano. Los microorganismos son seres vivos, muy pequeños, invisibles a simple vista (al ojo desnudo) y que solo pueden visualizarse a través del auxilio de un microscopio. Las bacterias, el principal tipo de microorganismo que conforma la flora intestinal, representan probablemente la primera forma de vida que apareció, hace más de 3000 millones de años atrás, sobre nuestro planeta. Desde fines del siglo XIX, y gracias especialmente a los estudios de Roberto Koch sobre el origen etiológico (causas) de las enfermedades infecciosas, las bacterias gozan de muy mala reputación, asociándose a las mismas con la suciedad y las enfermedades (teoría de la higiene).

Sin embargo, y en realidad, solamente una minoría de las bacterias son patógenas o perjudiciales para la salud. ¿Sabías que existiría una dosis diaria recomendada de bacterias que debemos ingerir (“comer”) diariamente con nuestra dieta y que actualmente ingerimos (independientemente que nuestra dieta se asemeje más a una dieta “típica” de occidente, rica en grasas saturadas y pobre en fibras, o a una dieta saludable del tipo vegana) unas mil veces menos la cantidad de bacterias recomendadas? La mayoría de las bacterias son beneficiosas para el hombre, miles de millones de bacterias viven en el cuerpo humano, superando en promedio a las células humanas en una proporción de diez a uno (10:1). Hacia mediados del año 2006, luego de haberse avanzado de manera significativa con el Proyecto Genoma Humano (identificación del conjunto de genes de cada persona), se comenzó a trabajar en otro proyecto denominado Microbioma Humano. El mismo consistía, y consiste ya que aún continúa más activo que nunca, en identificar todos los genes de cada nicho o lugar del cuerpo, y a partir de ellos (de la secuencia de nucleótidos y ensamblado de esos genes) detectar el tipo de microorganismo (principalmente bacterias) que habitan en las diferentes partes del cuerpo humano (piel, vías aéreas, vajina, intestino, etc). Así, hablamos de la microbiota (conjunto de microorganismos) de la piel, microbiota de las vías aéreas, etc. La parte del microbioma (conjunto global de genes microbiamos) que reside en el intestino da lugar a la identificación de los microorganismos que allí se encuentran en el intestino, recibiendo el nombre de microbiota intestinal o simplemente flora intestinal. Allí, en los intestinos se encuentran al menos 800 especies diferentes de bacterias (nosotros los humanos constituimos una sola especie: Homo sapiens sapiens), que habitan con nosotros desde el momento del nacimiento (leer luego, más debajo). De esta manera se acepta hoy en día que la vida del hombre mismo, sin bacterias residiendo de manera permanente en su cuerpo (microbiota humana), sería imposible. No solamente en un cuerpo libre de bacterias existe muy poco desarrollo del intestino mismo, sino también el mismo cerebro no desarrolla normalmente. ¿Cómo es posible que seres tan diminutos, invisibles a simple vista, ubicados a una distancia “sideral” del cerebro, considerando su pequeñísimo tamaño, puedan afectar, e inclusive influir, la actividad cerebral y de esta manera el comportamiento de los animales mamíferos usados como modelo experimental para tales estudios?

Las bacterias benéficas presentes en la piel, vías aéreas, tracto gastrointestinal y urogenital, y secreciones producen una gran cantidad de sustancias y propiedades que ayudan al organismo a mantener en equilibrio el sistema digestivo (eubiosis), el sistema nervioso, y la inmunidad contra enfermedades.

¿Desde cuándo y de dónde provienen las bacterias benéficas que habitan en nuestro cuerpo? Antes de nacer, mientras uno permanece en el útero de su madre, no tenemos contacto con las bacterias. Hasta el momento del nacimiento, el feto es, desde el punto de vista microbiológico, axénico o estéril (libre de gérmenes o microorganismos). Es recién en el momento del parto, en que tenemos el primer contacto con las bacterias al atravesar el canal vaginal de nuestra madre e incorporar (tragar) las bacterias benéficas (principalmente bacterias lácticas) de su vagina (denominados Bacilos de Döderlein). Por el contrario, si el parto fuese por cesárea, no incorporaríamos estas bacterias beneficiosas, pero sí podríamos incorporar las bacterias que habitan las manos del obstetra, principalmente estreptococos y estafilococos. Ya desde aquí se inician dos caminos bien diferenciados en cuanto a la clase de flora intestinal (bacterias del intestino) que nos habitará y que en casos no deseables puede derivar en la vida adulta de ese niño o niña recién nacida en problemas de salud como ser alergias, enfermedades autoinmunes, etc. A continuación del momento del nacimiento, comenzarán a influir en la composición de las bacterias que convivirán con el recién nacido distintos eventos o circunstancias, por ejemplo si el bebé toma leche materna (que contiene bacterias lácticas de la madre) o leche formulada comercial; si el bebé tiene contacto con las mascotas (que poseen su propia flora intestinal), si deambula sobre el piso, si es tratado, debido a una infección, con antibióticos (que eliminan de manera indiscriminada a las bacterias, las malas y las buenas), si el medio ambiente donde vive es saludable o contaminado. Esta flora bacteriana va cambiando en función de las variables anteriores y recién a partir de los 2 a 3 años de vida, se considera establecida de manera estable la flora intestinal propia de cada persona, como si fuese su huella digital, acompañándola, protegiéndola, durante toda la vida, hasta el momento de la muerte de la persona. Una clave para mantener e inclusive mejorar la salud intestinal se logra mediante el mantenimiento de un equilibrio en beneficio de las bacterias beneficiosas y su cantidad y en detrimento del número de bacterias perjudiciales (eubiosis intestinal). Con el tiempo otros factores como la dieta, el envejecimiento, el uso de antibióticos, los viajes, los medicamentos, las enfermedades, el estrés y los cambios hormonales pueden alterar el equilibrio intestinal. De todos estos factores que pueden alterar la composición de la flora intestinal (eubiosis versus disbiosis), tal vez el más importante y común sea la dieta. Tal es así que para ayudar a inclinar, en beneficio de la salud de la persona, el campo de juego o batalla entre las bacterias buenas y malas, se podría incorporar a la dieta de la persona un suplemento dietario o alimento conteniendo probióticos.

Los probióticos son microorganismos, principalmente bacterias, vivos que cuando se ingieren en las cantidades recomendadas producen efectos beneficiosos sobre la salud de las personas que los consumen. Un aspecto FUNDAMENTAL a salvaguardar, es que los probióticos deben estar vivos (y en número adecuado) al momento de consumirlos y deben llegar vivos a su lugar de acción, por ejemplo al intestino, atravesando con éxito el bajo pH (acidez) del estómago y sobrevivir al efecto microbicida de las sales biliares del intestino. No solo existen probióticos que actúan a nivel intestinal, sino también existen probióticos vaginales, probióticos para la piel y el cutis en cremas, etc.

¿Dónde podemos encontrar y cómo podemos incorporar bacterias probióticas en nuestra dieta? Los probióticos tradicionales o más comunes (probióticos lácticos) se pueden encontrar en ciertos (no todos) los yogures, leches ácidas, kéfir, kombucha y en suplementos dietarios bajo la forma de píldoras, comprimidos e inclusive en forma pulverizada. Si bien, los beneficios que proporcionan los probióticos lácticos a la salud (principalmente sobre los intestinos) son buenos y bastante conocidos, también es cierto que los probióticos lácticos se encuentran con serias desventajas como ser, la manera de mantener la viabilidad de los mismos, es decir que no mueran y bajen en su número antes o al momento de consumirlos, perdiendo efectividad. Esto se debe a que los probióticos lácticos (conformados principalmente por bacterias del tipo de los lactobacilos y bifidobacterias) no toleran el oxígeno del aire, son anaerobios estrictos (bifidobacterias), el oxígeno del aire los mata, o en el mejor de los casos aerotolerantes (lactobacilos), toleran el oxígeno por un tiempo limitado. Esta sensibilidad extrema de los probióticos lácticos al oxígeno (como también su sensibilidad a los métodos industriales de manufactura como ser extrusamiento, liofilización, secado spray, tratamiento enzimático, etc.), amenaza y compromete seriamente la efectividad probiótica láctica.

Es necesario indicar que aun estando inactivo o muerto, el probiótico láctico sigue produciendo ciertos efectos beneficiosos debido a la estimulación del sistema inmunitario por parte de estructuras (proteínas, polisacáridos) presentes en la superficie de la célula probiótica muerta y/o a los metabolitos (ácidos grasos de cadena corta, antibióticos naturales) que produjo el probiótico antes de morir (efecto post-biótico). Sin embargo, pese a esto, el efecto probiótico, debido a bacterias beneficiosas vivas, es mucho mayor, debido a que al estar vivas, pueden reproducirse multiplicando los efectos beneficiosos.

¿Existe alguna alternativa superadora a los probióticos lácticos tradicionales? La respuesta es sí. Aparte de los lactobacilos y bifidobacterias (probióticos lácticos), existen los probióticos esporulados a base de esporas beneficiosas producidas por especies bacterianas tales como Bacillus Subtilis, Bacillus coagulans y Bacillus claussi. Los probióticos a base de esporas beneficiosas son únicos en su tipo y muy estables debido a las propiedades de resistencia e invulnerabilidad de las esporas. Las esporas son el tipo de células más resistentes que existen en la naturaleza, y representan una estrategia de supervivencia de la bacteria. La espora protege a la bacteria de condiciones ambientales extremas como ser temperatura (se pueden congelar, se pueden calentar), radiación, pH, presión y agentes químicos que son dañinos para la forma vegetativa de la bacteria (forma en que se comercializa los probióticos a base de bacterias lácticas). Estas esporas tienen la capacidad de sobrevivir frente a las condiciones adversas del tracto gastrointestinal, y una vez que llegan al intestino, donde las condiciones son adecuadas, germinan (como si fuesen una semilla), apareciendo la forma vegetativa o activa del probiótico. Entonces, éste se multiplica, aumenta en número, forma un biofilm o biopelícula beneficioso sobre la mucosa intestinal y comienza a proporcionar los beneficios propios del probiótico sobre la salud (sistema inmunológico y nervioso). Una cepa probiótica, formadora de esporas, es el Bacillus Subtilis DG101 que deriva de la bacteria, de origen japonés, Bacillus Subtilis variedad natto. El natto es un alimento milenario de origen japonés, que consiste en brotes (porotos) de soja fermentados por ciertas cepas de Bacillus Subtilis. Este alimento funcional es consumido por el pueblo japonés desde hace aproximadamente mil años y precisamente los japoneses le asignan al consumo diario del natto el ser una de las causas de la alta longevidad y salud de este pueblo. Precisamente, el principio activo de este alimento milenario es la bacteria Bacillus Subtilis variedad natto, y la cepa DG101 fue desarrollada a través del aislamiento y selección de las mejores variantes de Bacillus Subtilis natto.

La estructura de la espora de B. subtilis DG101le brinda la capacidad de sobrevivir a los procesos más drásticos de fabricación y conservación de alimentos y bebidas, sin afectarse su viabilidad y supervivencia. B. subtilis DG101 (por ejemplo en forma líquida) puede mantenerse a temperatura ambiente (no necesita refrigeración o cadena de frío), se puede llevar en la cartera, en la mochila, en un bolsillo, sin perder sus propiedades (viabilidad), y se puede agregar a cualquier tipo de bebida fría o caliente (agua, jugo, té, café). No afecta el gusto ni el sabor de las bebidas, no está modificado genéticamente (no-OGM), es apto para celíacos, 100% “cruelty free”, y no genera dependencia (en modelos experimentales se demostró que si se la deja de tomar, la cepa B. subtilis DG101 desaparece del intestino al cabo de 4 a 7 días sin dejar efecto alguno). Además, B. subtilis favorece el desarrollo de las bacterias lácticas endógenas del intestino en detrimento de las bacterias potencialmente patógenas o dañinas.